miércoles, 3 de julio de 2013

A Carlos Monsiváis (1938-2010), BENJAMÍN ADOLFO ARAUJO MONDRAGÓN

A CARLOS MONSIVÁIS (1938-2010)

Mi querido Carlos,
aquí estoy, ante tí,
otra vez,
como cuando,
en las tempranuras
de mi adolescencia,
te entrevisté
en tu casa de La Portales.

Te veo yerto,
y no te creo.

No te creo muerto,
porque estás más
vivo que nunca
en la conciencia de
nuestro tambaleante pueblo,
que está siempre a punto
de morir
pero parece eterno.

Atento está
el pueblo
ante tu féretro;
y tú eres todo
menos la solemnidad,
que odiabas
y de ella hacías parodias.

El pueblo
aunque no te guste
es solemne:
y en esa pose está
ante tu féretro.

Está más claro que nunca
que son más los que te reconocen
que los que alguna vez te leímos.

Pero esa pasa a una segunda parte,
no cobra relevancia, me dirías:
y te imagino,
rodeado de gran cantidad de gatos,
como acostumbrabas,
dispuesto a la eternidad.

Luego sabremos:
tú adquiriste
de cada uno de tus gatos
sus siete vidas;
por eso es pasado
a la eternidad...
tan de repente...


Fatiga, BENJAMÍN ADOLFO ARAUJO MONDRAGÓN

FATIGA

Fatiga tanto andar sobre la arena
descorazonadora de un desierto,
tanto vivir en la ciudad de un puerto
si el corazón de barcos no se llena.
Miguel Hernández
Cansa, de tanto andar,
no ver amaneceres.
Revienta el corazón
no encontrar pies dispuestos.
Descorazona la esperanza
no ver horizonte alguno,
cansa, revienta y descorazona
no entender tanto brinco
estando el suelo tan parejo.

Ver tanto mar y no poder andar
ni por las playas, un momento;
ver tanta angustia y no llorar
para no entristecer el pavimento;
ver, no observar, sólo mirar
tanto dolor da náuseas
y provoca el impacto
desazonante del averno cotidiano.

Mirar y no absolver, hoy me arrepiento.
Observar las oleadas y tocar las ideas,
sólo tocarlas por encima sin penetrarlas,
ni entrar en polémica alguna,

pues “qué caso tiene”… 

Amaneceres (I), BENJAMÍN A. ARAUJO M.

AMANECERES I


Al inicio de todo, la marcha del silencio aprisionaba;
fue el momento del alba de los tiempos,
el anuncio de que la razón inclemente
era promesa, pero sólo profecía irreverente.
Luego vino, con millones de años,
infectados de vida, recluidos en promesa
de amor, sueños, banderas, muchas mentiras
envueltas de verdad y sutilezas del azar:
jugando siempre a crear sociedades,
a fallar en colectivo,
a soñar en falansterios.

El lenguaje de las hojas,
el parloteo inmenso de los ojos de las fieras;
esta tosca verdad de cavar, y cavar,
cavar con el lenguaje para encontrar
los huecos de las dudas
y añorar y crear puentes entre
sé y creo,
la fe y el conocimiento,
embalsamado territorio nuevo
hizo invisibles esos puentes secos.

Un falso nuevo territorio utópico,
una manera de mirar la vida,
ramas y ramas, de aparente unión,
muchas verdades de ninguna
al fin, nubes de enredadera
en nuestra infértil vanidad humana.
Pero avanzamos, sí, centros del Universo,
pobre humanidad ahíta de atavíos:
frutos del agua, cristalinos hijos,
con un fondo muy turbio
entre saber y creer.

Amanece en momentos para todos:
nace un poeta, crece un músico,
una escultora bella, esculpe,
y embellece el ambiente;
surgen ideas, inventos,
en hombres y mujeres florecidos.

Amanece pocas, breves,
pero permanentemente veces;
sucede que olvidamos
que odiamos, cuando amamos.
El orgasmo, de cada uno,
es premio a su presencia
en el espejo de la amada,
del amado.
Amanece cada vez que nace un hijo,
hay fiesta en los oídos cuando
llora, junto al pecho materno,
una criatura.

Anverso siempre, la vida nos potencia;
no necesariamente la muerte es su revés.

Firme en la negación, sutil oscuridad,
niega y afirma todo porque
poco somos cuando nada somos.

La nave de papel en que viajamos
cruza los mares con credencial rota,
vamos como sabiendo a dónde vamos;
suplimos la ignorancia con la risa.
Suplimos la ignorancia con remedos.
Y una gaviota mira, voltea, nos
ignora y reemprende su camino
sin fatigar sus dudas cuando vuela.


martes, 2 de julio de 2013

Mi deseo, BENJAMÍN A. ARAUJO M.

MI DESEO


Mira mi voz,
es una flama
que se contagia con tus ojos.
Oye mi soledad,
es laberinto
que nunca cesa de llamarte.
Mi corazón
es una rata
que brinca mucho,
por desearte;
que se esconde curiosa,
inatrapable,
por elevarse hasta tus piernas,
y abrasarte,
y abrazarte,
como ocurrió
antes de tú irte.
No me propongo confesarte
que naufragué
cuando te fuiste.
Ni he de cantar
delante todos
que me anegué
pues te secaste.
Ni he de decir,
oh paradoja,
que me sequé
porque te hundiste.
Nunca, ¿lo escuchas bien?,
me enmudeciste;
si ya no quise hablar,
tú no tienes que ver:
por todo eso, yo opté,
yo así lo quise.
Índice es mi deseo,
y te señala en la memoria;
no obstante, nada queda
por esas huellas impropias
que ya no pude borrar
de mi memoria.

Amaneceres (II y III), BENJAMÍN A. Araujo M.

AMANECERES II

Tanto miro hacia atrás, cuando respiro
en el papel palabras, que el presente
es ayer, y es hoy, al renombrarlo.

Miro atrás lo que fuimos, en los que
ya se fueron; que entiendo que no
somos, ahora, sino huellas de
aquellos que fundaron el ser,
seres simiente, de nuestros
procederes, profecías del presente,
desgracias del mañana, apagones
de luz, oscuridad futura, desde
las luminosidades de nuestros
ayeres.

Escondrijo de luces, la herencia;
claves de luz y sombra,
los ancestros visitan nuestro ser
desde la sangre; provocan
vivencias, malestares, odios
pendientes y reciprocidades.

Amaneces siempre nuevos,
amaneceres, siempre nuevos,
 los viejos nos visitan, cadena
de invasiones, perversiones
y alucinaciones, desde una
memoria fatal, que nos ha
sido vedada por los dioses.




AMANECERES III


Costumbre del olvido, caducidad ingente,
memoria de otros tiempos, nuestros
que fueron, en los amaneceres de otra gente.

La fiebre de los tiempos, en espacios diversos,
en la espesura de los tiempos mana memoria
olvidada de guerras y vigilias: silencios.

Acallar nuestras voces, contra natura,
buscar entre los genes canciones ya ofrendadas;
fechas y nombres de lugares y personas cancelados.

El instante es la mueca de Dios regalada a
los hombres; puede llamarse verso, poema,
sonata o pincelazo…magnético silencio.

La lluvia es homenaje a la luz, otro hipase
de la humanidad ahíta de soledad
y miedo por lo que es perenne promesa.

En la memoria sosegada de las vigilias
colectivas, la transparencia cobra fervor,
se hace fe y sueña lo impreciso.

Destino de los náufragos, la aurora.
Negación de los límites humanos, la duda.
Fervor por otros pasos, la inocencia es muralla.

Serenidad para la hipnosis colectiva,
sólo el arte, génesis teísta, deidad
conversa en humanidad, caricia…

Transparencia letal, la vigilia eterna,
sobredosis de abigarrado optimismo,
parentela de las transfiguraciones.

La dicha es primordial, sin la mentira,
sólo caben los besos del paisaje
en este ojo, siempre fiel a la delicia.

Pájaros perdidos, BENJAMÍN A. ARAUJO M.

Pájaros perdidos

Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana, cantan,
y se van volando.
Y hojas amarillas de otoño, que no saben cantar,
aletean y caen en ella, en un suspiro.
Rabindranath Tagore
La vida es un suspiro,
llega, corre y se aleja.
Todo pasa tan de pronto
que hasta la dicha pasa
como con alas en fuga
tras del viento…

Tu risa es un suspiro y pronto
la he de tener en una jaula,
la jaula de mis besos y mi amor
que enloquece mientras pasa
el verano como ráfaga…

Tanto quise tenerte en mi mirada
que sueño con tus ojos, con tu cara,
con tu risa, tu voz y tu sonrisa.
Pero todo es fugaz como la dicha
y no hay un mecanismo para detenerla
sino el pensamiento inmenso
y la ronca paz de tus suspiros.

Vuela, vuela, paloma con tu prisa.
Vuela: dile a la nube que venga
y te acompañe; vamos los tres
a ser un triunvirato eterno
en este momento tan fugaz
que escurre como agua…