Honda la cara de verte;
verde el mirar de advertirte;
amplias las manos
por en el gozo tenerte;
hasta buscarnos ufanos
en ese día de la muerte.
A veces creo presentirte,
otras no puedo mirarte;
busco y no estoy:
este desastre es muy fuerte
por amanecer, ya, hoy,
con la certeza de muerte.
Bronca vida, amor celeste;
nacer con estrella en frente;
todo siempre es claroscuro
porque la vida es la muerte
aunque todo sea impuro
y todo ser disolvente.
Campiñas miro yo al verte;
camposantos al perderte;
llanos y lomas si duermo,
ajeno a que he de perderte
en este existir enfermo
que amar y eternecerse.
Doblado frente a la muerte
declaro amar el perderte,
pues llego al haz relativo:
la luz por siempre sonriente,
sustantivo es adjetivo
y un pronombre suficiente.
lunes, 10 de junio de 2013
SILENCIO, Benjamín Adolfo Araujo Mondragón
Cuánto tiempo había tardado para poder acallar aquél ruido que taladraba su cerebro. Era imposible precisarlo. Los parámetros con los cuales nos hemos acostumbrado a medir todo se pierden en situaciones irregulares. Y aquella lo era, sin duda alguna.
Por eso cuando regresó a aquél agujero de donde nunca debió haber salido, pudo tomar algunas notas, garrapatear ciertos detalles, pero omitió, porque no había de otra, toda referencia a tiempo, clima y ciertas dimensiones espaciales.
Pocos podían haber sobrevivido a aquella experiencia. Era como haber sido enterrado en vida. Como quedar confinado en un apando existencial que no parecía tener el menor futuro; pero además, por el ruido infernal que parecía desplazar cualquier idea del cerebro, tampoco hubo, durante ese indefinido pero extenso lapso, posibilidad de acuñar algunos pensamientos, ciertas reflexiones; de aquella experiencia sólo quedaban sensaciones, profundos recuerdos de angustia y de dolor. Casi ninguna otra idea.
De aquellas notas habría de surgir todo un cuadernillo de deshilvanadas reproducciones de aquel tiempo. Cuando recogieron su cadáver, algún rescatista se echó en el bolsillo trasero del pantalón el cuadernillo. Nadie más reparó en él. En los diarios se habló, durante tres o cuatro días, de lo que mencionaba la policía: pudieron haber sido ocho meses o un año, acaso más, lo que duró aquella situación para el hombre desconocido que resultó víctima de no sabía quienes, ni por qué.
Si se les hubiera ocurrido preguntar a los rescatistas hubieran localizado al hombre que se llevó la libreta, y en ella hubieran encontrado, sin duda, la clave del misterio. Pero no lo hicieron. Ni el hombre que se hizo del manuscrito tuvo la sensibilidad para desentrañar aquellos mensajes. No le interesaron. No le importó que el autor de esos trazos pretendía comunicarse desde aquél más allá con el resto del mundo; ni mucho menos que algunas de las informaciones tuvieran como referente a familiares, amigos o vecinos. Si eso no les interesó, ya ni qué decir de los momentos, así fueran breves, en que desde aquél agujero pretendió tocar la inmortalidad con dos o tres frases bien pulidas.
El rescatista, luego de hojear la libretitita y desprender de ella un bostezo, se encaminó al calentador de leña y la arrojó al fuego. Mientras desaparecían aquellos indicios, se tumbó en la hamaca a leer su diario deportivo.
Casi al mismo tiempo, las autoridades correspondientes llevaban al cabo el depósito del cuerpo, en la fosa común, de quien no pudo ser identificado.
Por eso cuando regresó a aquél agujero de donde nunca debió haber salido, pudo tomar algunas notas, garrapatear ciertos detalles, pero omitió, porque no había de otra, toda referencia a tiempo, clima y ciertas dimensiones espaciales.
Pocos podían haber sobrevivido a aquella experiencia. Era como haber sido enterrado en vida. Como quedar confinado en un apando existencial que no parecía tener el menor futuro; pero además, por el ruido infernal que parecía desplazar cualquier idea del cerebro, tampoco hubo, durante ese indefinido pero extenso lapso, posibilidad de acuñar algunos pensamientos, ciertas reflexiones; de aquella experiencia sólo quedaban sensaciones, profundos recuerdos de angustia y de dolor. Casi ninguna otra idea.
De aquellas notas habría de surgir todo un cuadernillo de deshilvanadas reproducciones de aquel tiempo. Cuando recogieron su cadáver, algún rescatista se echó en el bolsillo trasero del pantalón el cuadernillo. Nadie más reparó en él. En los diarios se habló, durante tres o cuatro días, de lo que mencionaba la policía: pudieron haber sido ocho meses o un año, acaso más, lo que duró aquella situación para el hombre desconocido que resultó víctima de no sabía quienes, ni por qué.
Si se les hubiera ocurrido preguntar a los rescatistas hubieran localizado al hombre que se llevó la libreta, y en ella hubieran encontrado, sin duda, la clave del misterio. Pero no lo hicieron. Ni el hombre que se hizo del manuscrito tuvo la sensibilidad para desentrañar aquellos mensajes. No le interesaron. No le importó que el autor de esos trazos pretendía comunicarse desde aquél más allá con el resto del mundo; ni mucho menos que algunas de las informaciones tuvieran como referente a familiares, amigos o vecinos. Si eso no les interesó, ya ni qué decir de los momentos, así fueran breves, en que desde aquél agujero pretendió tocar la inmortalidad con dos o tres frases bien pulidas.
El rescatista, luego de hojear la libretitita y desprender de ella un bostezo, se encaminó al calentador de leña y la arrojó al fuego. Mientras desaparecían aquellos indicios, se tumbó en la hamaca a leer su diario deportivo.
Casi al mismo tiempo, las autoridades correspondientes llevaban al cabo el depósito del cuerpo, en la fosa común, de quien no pudo ser identificado.
miércoles, 5 de junio de 2013
PRÓLOGO, Raúl Cáceres Carenzo
Prólogo
Narrador, poeta, profesor de
literatura y periodista de amplia trayectoria, Benjamín Araujo es reconocido en
nuestro medio como acertado comentarista de sucesos culturales. Fue titular de
la Subdirección de Publicaciones del Instituto Mexiquense de Cultura y director
de la revista Castálida. Sus
semblanzas críticas de escritores mexicanos son ejemplares y emotivas. Ha
estudiado con justicia a José María Heredia y Heredia, Laura Méndez de Cuenca,
Josué Mirlo, Enrique Carniado, Rodolfo García Gutiérrez, José Alfredo
Mondragón, entre otros autores.
Mucho le
debe el arte a la crítica. Hay que recordarlo: la verdadera crítica es un
género literario. En esta materia los mejores jueces son los mismos artistas de
la palabra. Así lo han demostrado Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Rosario
Castellanos, Octavio Paz, Bonifaz Nuño, José Emilio Pacheco…
En la
escritura literaria de Benjamín Araujo resaltan, antes que la creación lírica,
sus páginas de crítica, el ensayo, la narrativa y el periodismo cultural.
Hace 32 años
prologué el primer libro de poemas de Benjamín, A propósito, titulé aquellas notas de lectura De la fe política en la poesía. De esas páginas recobro hoy una
declaración que me hizo Araujo respecto a su propia obra: si aceptamos que la poesía es un acto político, no obstante no podremos
calificarla en la misma dimensión de los hechos políticos propiamente dichos,
dado que antes de ser política es literatura. Y si el autor cree que debe tener
una actitud política consciente y definida en su obra, ello de nada le servirá
si, antes, no ha aclarado su compromiso con la palabra. Por nuestra parte,
precisamos que ese compromiso se desarrolla en el diálogo del hombre con
hombre, en las palabras que decimos todos los días.
A la luz de
esa Poética confirmamos hoy que en la
voluntad literaria de Benjamín Araujo perdura la verdad de sus convicciones
ideológicas y estéticas. El credo político coincide con la fe poética. Araujo
como poeta se sitúa entre las formas establecidas y las tentaciones de la
actualidad poética hispanoamericana; antes que la novedad de la tradición, la
tradición de la novedad y el cambio. Es la suya una poesía personal y a la vez
colectiva; una especie de autobiografía distanciada
para alcanzar, beneditianamente, los poemas
de otros. Sus signos permanentes son
el humor, la violencia y la ternura, el asedio crítico del amor, la fe
política, la impugnación a la sociedad burguesa occidental, el sarcasmo, la
ironía soterrada y la voz del testimonio.
Tres décadas
después las mejores cualidades del poeta permanecen. Buen oído, ritmos verbales
entrelazados. La pasión se muestra atemperada; la reflexión es más honda,
las intenciones múltiples. La expresión, en cambio, tiene
fracturas y tropiezos. Parece que el lenguaje poético, en ocasiones, es menos
creativo; los vocablos se emiten con cierta prisa y por ello se alejan de
aquellas palabras dichas a tiempo que
caracterizaron a la generación española del 98.
Debemos
justipreciar algunos de los aciertos del nuevo libro, Benjamín lo llamó
emblemáticamente Liturgia, Amaneceres y
otros poemas; ambas nombraciones declaran el ejercicio, la ocupación actual
de su palabra. Destacan los poemas Liturgia,
Nacer, Ando de paso, Mi poeta de
cabecera, entre otros. Es un libro de horas y oraciones; se canta lo vivido
y también la inspiración lírica recibida de Walth Whitman, César Vallejo,
Miguel Hernández, Pablo Neruda, José Martí y de otras voces patriarcales.
La única razón de ser / es la palabra, se afirma en el primer texto citado. Y Cantar culmina con este armonioso
terceto: Vamos por la vida con el sol en
la cara, / con la luna en la espalda;
/ con el canto de un ruiseñor en los
oídos.
Saber oír,
mirar y pensar; sentir lo que se mira y lo que se piensa y decirlo con la
palabra justa, es misión del poeta. Benjamín toca esos ideales con el siguiente
breve poema:
ANDO DE PASO
Estoy aquí, parado en el sendero,
mirándote pasar vida mía…y de todos…
estoy aquí pendiendo de la nada
sólo dispuesto a todo,
sin saber bien a bien
por qué despierto,
día con día…
Sé muy bien que estoy de paso,
que nada es para siempre;
pero, ¿siempre, la nada?
Miro al cielo
y espero otro milagro;
pero ya estoy aquí,
y el milagro es ese…
Quiero
reiterar lo que dije ayer: la obra poética de Benjamín Araujo está en marcha,
crece al ritmo de su paso, hace camino al andar.
LÍNEAS GENERALES
Termino con algunas reflexiones. El arte de la poesía, tanto
en el oficiante como en el lector, despierta interrogaciones: ¿cuál es su
naturaleza particular, su acción y su función? Las respuestas son muchas y
diversas; resaltan las opiniones de los poetas pero también son esclarecedoras
las de los filósofos. La teoría literaria aclara procedimientos técnicos y
estilísticos. El ensayo de evaluación es una de las facetas sobresalientes en
la escritura de Benjamín Araujo. Le obsequiamos estas aproximaciones:
Una obra poética es el diálogo
de un hombre con su tiempo, dijo Antonio Machado.
La poesía es la
fundación del ser por la palabra, escribió Martin Heidegger.
Poesía en acto presente y convivido está en la siguiente
línea de Pedro Garfías: Las cosas llegan,
nos hacen daño…y se van.
Guardo con aprecio esta evocación, que también es invocación,
de Marco Antonio Campos: La poesía es la
memoria de la música que tocaron los dioses, y a veces logramos oír.
Gaston Bachelard, por su parte, hace un llamado a la atención
de los poetas: No hay que dejar que
duerma la luz; hay que apresurarse a despertarla.
En la vida literaria la poesía resulta ser el oficio mayor, como está escrito en el
relámpago, declaró el poeta chileno Gonzalo Rojas.
¿De qué manera se puede conciliar la fe comunitaria con la
expresión lírica? Simplemente en el poema genuino, que aúna sentimiento,
pensamiento y expresión.
Javier Heraud, el joven peruano, muerto en combate a los 21
años por las causas del pueblo, nos dejó bellas estrofas de un incesante Canto de vida y esperanza americanas.
Escuchemos ésta: Por mi
ventana nace / el sol casi todas
/ las mañanas / y en mi cara / en mis manos,
/ en el dulce / clamor de la luz pura / abro
mis ojos entre la / noche muerta,
/ entre la tierna / esperanza de / quedar vivo un / día más
/ un nuevo día / para / abrir los / ojos ante la / luz eterna.
Toluca, México, mayo de 2013.
Raúl Cáceres Carenzo.
domingo, 2 de junio de 2013
ALEGRÍA, Benjamín A. Araujo Mondragón
La alegría apareció,
estuvo mucho tiempo
escondida.
En los rincones de la mente
dió saltos de chapulín;
intento sacudirse las alas
y voló; pero no por mucho
tiempo...
Porque llegó, desplegando
sus pétalos multicolores;
llenando de sulfatos los
ojos y de dulces sonidos
los oídos de todos,
sí, de todos...








Sólo los tristes padecieron
al verle y se alejaron.
Pero saltó hacia ellos,
les quitó la tristeza y
sonrieron con una risa
inmensa que abarcó los
océanos, las islas y
los mares...











¿Cómo llegó a nosotros?
tras el zumbido del amor
traspasó las paredes y
retumbó en las camas
y las mesas; en todo
el mobiliario de las casas
hasta poner sonrisas
en las caras. Amplias,
dulces sonrisas,
cristalinas sonrisas
que contagian a todos.



























jueves, 30 de mayo de 2013
CAÍN Y ABEL, Benjamín Adolfo Araujo mondragón
CAÍN Y ABEL
En la deshonra
de las noches calladas,
mi llaga se
esconde de mi conciencia
debo tener
paciencia, mucha paciencia
pues la culpa
persigue mis voces, y mis hadas.
Es mi hermano,
el hombre, mi hermano
ya difunto, que
me hace expiar mis penas
y sus pasos,
persiguen, son condenas
de mis pasos
lejanos, y cercanos…
El destino es
muy cruel, ya lo imagino,
cercando mis
angustias, y mis culpas
tengo los pies
bien firmes, mi destino
es mi esclavo
infiel: ya soy difunto.
El cruel final
de Abel, me quita el sueño;
saber que fui
yo, el cruel, mi pesadilla
y rondar la
orillas, da culpa y zancadilla
y ya quitar la
culpa; ese es mi empeño.
¿Por qué hados
tan crueles, me dibujan,
me cercan, me
asimilan…? Me ablandan,
me atropellan,
me tiran, desesperan
y no me dejan
paz, pues ¿qué esperan
de mí? Digo,
¿qué esperan? ¿Qué corra,
me acelere, me
vaya por las calles
lamentándome a
gritos…? ¿qué enloquezca?
No sé, en
verdad, no sé, vago en lamentos.
No sé ya ni lo
que hago. Ni lo que digo, sé…
soy un
desastre; arrastro la cobija,
lloro y me
desespero, tiro hacia no sé dónde
y vago como
loco, la noche es un tormento.
¿De quién me
escondo acaso, si nadie me persigue…?
Pero la culpa
avanza, crece, me ahoga, me consume…
miércoles, 22 de mayo de 2013
SETENTA VECES SIETE, Benjamín A. Araujo M.
SETENTA VECES SIETE
UNO
Siete veces siete te lo he dicho:
¡te amo!
Setenta veces siete me has
respondido:
"Espera un poco"
Ya no puedo esperar
son muchas mis ansias
de poseerte;
corro el riesgo de caer
en otros brazos,
seguramente los equivocados,
si no me das ya el ¡¡¡sí!!!
el sí, inmediato,
setenta veces te lo reiteraré:
¡¡¡te amo, te amo, te amo...!!!
DOS
Setenta veces siete
te he perdonado;
somos humanos digo,
y se que debo hacerlo,
pero todo llega siempre
hasta el abismo;
y no busques más
colmarme la paciencia.
TRES
Setenta veces siete
he vuelto a ti,
lo siento,
y no me arrepiento;
setenta veces siete
seguiré en este rumbo
hasta conseguirlo...
*Imagen tomada de la Revista electrónica "Setenta Veces Siete", de Myriam Jara.
Autor: Mejía.
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